Tenía unos treinta años cuando pasé una semana de verano en un piso de vacaciones en Montpellier. En la estantería había una novela policíaca francesa que alguien había olvidado: un libro de bolsillo gastado, con una esquina de la portada arrancada.
Leí la primera página la última noche, con el diccionario del móvil, y ya no pude dejar de preguntarme quién era el muerto del primer capítulo. Los dueños del piso me dijeron que me lo llevara. Lo leí a una página por noche, apuntando a lápiz las palabras nuevas en los márgenes, y tardé un año en descubrir quién era el culpable.
Al verano siguiente volví a Montpellier, y esta vez me quedé. El libro de la esquina arrancada sigue en mi estantería, y en cada novela policíaca francesa adivino al culpable en el tercer capítulo, casi siempre mal.
Desde hace años, un pequeño club de lectura de gente que aprende francés se reúne en la mesa de mi cocina. Leemos la misma novela policíaca, un capítulo por semana, y hablamos de ella solo en francés. Muchos de sus miembros han sido hispanohablantes, y sus errores típicos ocupan páginas propias en mi cuaderno.

